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Estado de deshecho y un libro

Lorenzo Sentenac

Entenderemos mejor lo que ocurre si pensamos que Esperanza Aguirre es símbolo y sacerdotisa del Estado de derecho (¿o de deshecho?) y musa lacrimógena del neoliberalismo cañí.

O si nos preguntamos a menudo por qué razón Felipe González predica con tanta pasión la "gran coalición" con el PP, aun conociendo los mensajes vergonzantes de Rajoy a Bárcenas y su proyecto político de liquidar el Estado del bienestar. O por qué este mismo González utilizó una puerta giratoria para cobrar por aburrirse –como él mismo confiesa– habiendo podido utilizar una puerta normal y aburrirse como todo el mundo, gratis y sin cobrar.

“Siempre hay que desconfiar del entusiasmo feroz, porque a menudo detrás de esa hipérbole emotiva suele esconderse el pensamiento único”

O por qué Esperanza Aguirre ponía la mano en el fuego por toda su tropa de colaboradores, conociéndolos a fondo, con el mismo gesto melodramático con que Felipe González la ponía por Jordi Pujol, del que desconocía muy pocas cosas.

O por qué no existe en el mundo "normal" ningún país con más aforados que España. Eso se llama ser previsores, e ir preparando el terreno y acondicionando la cueva (de Alí Babá).

O por qué tantos compis-yoguis de la Casa Real acaban detenidos o en el trullo, que no son uno ni dos. Que casi los salones reales parecen la corte de Monipodio, el sevillano.

O por qué tenemos los fiscales más raros de todos los países de nuestro entorno, que cuando no hacen de abogados defensores de gente de posibles (consiguiendo imposibles), hacen de obstructores de la justicia en favor de los corruptos.

O por qué los medios públicos de información son órganos de propaganda del Gobierno, liberalismo puro que acostumbra a dar lecciones muy sentidas sobre la tiranía.

Si el mundo que nos rodea es tan raro (especialmente en España) es porque algo no va bien, sino que, al contrario, va muy mal.

Y esto es lo que intenta explicarnos Tony Judt en su obra Algo va mal, de lectura imprescindible para entender el momento presente.

Dice al comienzo de su obra: "Durante los primeros años de este siglo, el consenso de Washington había ganado la batalla. En todas partes había un economista o experto que exponía las virtudes de la desregulación, el Estado mínimo y la baja tributación. Parecía que los individuos privados podían hacer mejor todo lo que hacia el sector público. La doctrina de Washington era recibida en todas partes por un coro de animadores ideológicos: desde los beneficiarios del milagro irlandés (el boom de la burbuja inmobiliaria del tigre celta) hasta los ultracapitalistas doctrinarios de la antigua Europa comunista. Incluso los viejos europeos se vieron arrastrados por la marea. El proyecto de mercado de la Unión Europea –la llamada agenda de Lisboa–, los entusiastas planes de privatización de los gobiernos francés y alemán: todos atestiguaban lo que sus críticos franceses han denominado el nuevo pensamiento único".

Una reflexión y una pregunta:

La reflexión: siempre hay que desconfiar del entusiasmo feroz, porque a menudo detrás de esa hipérbole emotiva suele esconderse el pensamiento único. Que es el más pobre de los pensamientos.

La pregunta: vista la podredumbre que rezuma por todas sus costuras la gran "revolución" ultraliberal, que se zampó a la socialdemocracia europea de un solo bocado, como si fuera un pincho moruno (síntesis digestiva que hoy llamamos "sistema"), ¿acaso el rufián y malandrín de toda la vida –de Monipodio a esta parte– necesita algún soporte ideológico o teorizar académicamente en torno a su falta de escrúpulos? Para mí que no.

"Cuando la corrupción se indulta con los votos, como Rajoy dice y sostiene, triunfa la normalidad y reina la costumbre. Lo mismo pensaba Hitler"

No sé sí en un libro sobre economía, sobre política, sobre la sociedad actual y sus dislates, tiene sentido hablar de sentimientos. Sea como sea, Judt se atreve y titula uno de los capítulos de su obra: "Sentimientos corruptos", y lo introduce con esta cita de Tolstoi (Anna Karenina): "No hay condiciones de vida a las que un hombre no pueda acostumbrarse, especialmente si ve que a su alrededor todos las aceptan".

En este sentido, nuestro actual presidente de Gobierno es un líder de la normalidad y de la costumbre. Cuando la corrupción se indulta -como él dice y sostiene– con los votos, triunfa la normalidad y reina la costumbre. Lo mismo pensaba Hitler.

¿Alguna vez nos da por pensar, entre derbi y derbi, o entre bostezo y bostezo, que nuestra normalidad es muy anormal? ¿Que no sólo soportamos, sino que votamos y elegimos gobiernos corruptos?

Para los acérrimos partidarios de la tesis de Rajoy según la cual todo va como la seda (supongo que lo mismo les dirá a los jueces que le interroguen), sirvan de reflexión también estás otras líneas de Judt:

"Hemos entrado en una era de inseguridad: económica, física, política. El hecho de que apenas seamos conscientes de ello no es un consuelo: en 1914 pocos predijeron el completo colapso de su mundo y las catástrofes económicas y políticas que lo siguieron. La inseguridad engendra miedo. Y el miedo –miedo al cambio, a la decadencia, a los extraños y a un mundo ajeno– está corroyendo la confianza y la interdependencia en que basan las sociedades civiles".

Y yo pregunto: ¿Acaso se puede confiar hoy en España en los políticos que nos gobiernan, en los fiscales que nos defienden del delito o en los bancos que guardan nuestros ahorros?

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