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Amor y odio: la otra cara del bullying

Vanesa López

 

“El individuo ha luchado siempre para no ser absorbido por la tribu. Si lo intentas, a menudo estarás solo, y a veces asustado. Pero ningún precio es demasiado alto por el privilegio de ser uno mismo." (Nietzsche)

En las últimas semanas el acoso escolar, también conocido como “bullying” ha entrado con fuerza en nuestro presente. Dos casos en un mes con un trágico final.

Esto nos lleva a preguntarnos qué anda mal en nuestros niños, en nuestros futuros adultos, en los que ya lo son y en nuestro modelo educativo. Y es que la violencia en las aulas, u otro tipo de contextos, no se puede desligar del modelo adulto (tanto los padres como los educadores) con el que nuestro Yo se ha desarrollado.

bullying

“Los pares o iguales no disfrutan de la omnipotencia y superioridad de que gozan los padres; pero su función no es menos trascendente: los pares son nuestro espejo”

Existe discusión al respecto de si nacemos como tabla rasa, es decir, como un folio en blanco, por lo que todo se podría construir, o si venimos predeterminados genéticamente. Pues bien, como en todas las cosas, ninguna propuesta es falsa ni verdadera al 100%, sino que hay un poco de verdad en cada una. De esta manera, cuando nacemos, comenzamos a construir nuestra psique, aquello que nos hace realmente humanos, y esto lo hacemos a través del mundo exterior. De alguna manera ese mundo, esos adultos, ese otro, nos va a servir de espejo para nuestra construcción de uno mismo. Es el conjunto de agentes sociales que nos rodea (padres, educadores, contexto cultural y político…) el que nos ayuda a ir moldeando nuestro ser, pero ojo, también nuestras manos están en el torno a la hora de dar forma… Quiero decir que uno mismo también es responsable de su propio proceso de moldeado y siempre puede elegir la dirección.

Los padres, como figuras omnipotentes, son los encargados de mostrar los límites y las normas, de aclarar lo permitido y lo prohibido. Los pares o iguales (aquellas personas que están en su mismo nivel: hermanos, compañeros de clase), no disfrutan de esa omnipotencia y superioridad de que gozan los padres; sin embargo, su función no es menos trascendente: los padres son nuestro espejo. Permiten la identificación propia, pero también ponen en peligro nuestra individualidad, nuestro deseo de ser únicos, especiales, ser el preferido de los padres, del profesor o del jefe. Es aquí donde entra la agresividad, contra uno mismo y contra el otro par. Esta semejanza con el otro, al mismo tiempo que nos ayuda a conformar una imagen de nosotros mismos, supone una amenaza para nuestro deseo de sobresalir, recurriendo a la violencia para eliminarla.

Se odia lo que se ama, ¿a qué nos referimos con esto? A algo que estoy segura de que muchos habéis advertido en algún momento de vuestras vidas. Siempre hay algo de nosotros en lo que se odia del otro. ¿Por qué se elige si no a uno y no a otro, para desplegar esa violencia? Porque el otro tiene (o al menos eso creo) lo que yo deseo, y que considero me haría diferente: “quiero lo que él tiene, pero me odio por no poder tenerlo yo, y eso duele, no quiero odiarme, por lo que transfiero ese odio al otro, porque él sí lo tiene.” Lo que aquí describimos no es más que lo que todos conocemos como envidia.

Este sentimiento es inherente a la raza humana, forma parte de nuestro ser y en todos ocurre, en mayor o menor medida, aunque casi siempre de forma inconsciente. Sin embargo, esto no implica que no exista otro modo de reconducir esa violencia.

Cuando esta agresividad no tiene un espacio para salir y ser liberada, se libera a sí misma a través del acto, de manera repetitiva. Por lo tanto necesitamos un espacio en el que soltar, pero para ello debemos saber de dónde viene esta violencia y por qué. De esta manera, en terapia tratamos de encontrar la respuesta inconsciente a estas preguntas, tratando de hacerla consciente y encontrar un nuevo significado para los sentimientos que produce. La agresividad se libera tanto hablando como actuando, con la diferencia de que el habla (interpretada en la terapia) abre la posibilidad a esa resignificación (esa otra salida no violenta) con la ayuda del terapeuta. En el caso de los niños, los padres y los educadores tienen un papel fundamental en este proceso, estableciendo límites directos y claros.

Cuando hablamos de resignificación, queremos decir explorar de forma directa en algunos casos, e indirecta en otros, el porqué de esos sentimientos. Buscamos una comprensión del sujeto de lo que le ocurre, y de por qué le ocurre. En algunos casos puede ser un proceso rápido y en otros más lento, puesto que supone que la persona se enfrente a la realidad de que alberga sentimientos negativos y a veces esto puede resultar doloroso, mostrando resistencia al tratamiento. Sin embargo, una vez enfrentada esta realidad, estamos en disposición de encontrar una nueva salida a ese malestar.

Las figuras de autoridad deben comportarse como tal, sin que ello suponga nunca un autoritarismo impuesto. Los niños necesitan una estructura sobre la que desarrollarse, y los límites podrían considerarse como esa estructura básica. Si no están, o son demasiado rígidos, muy probablemente encontremos problemas en el desarrollo del niño.

Es fundamental, tanto en las casas como en las aulas y la sociedad en general, comprender que la diferencia existe y que aunque entre pares-iguales existe semejanza, por suerte, no somos idénticos.

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@vanesalopez

 

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