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Noche de gala: dos transgresoras frente a frente

Rocio Montoya con Miguel Ángel Cortés. (Foto: Gloria Nicolás)

 

Tras la noche del jueves comienzan las galas. Dos mujeres son las protagonistas. La primera es la hija de La Negra Montoya, Lole Montoya, la cantaora que sublevó el cante femenino con su pareja, el recordado Manuel Molina; la otra, el presente -y futuro- del flamenco actual, la modernidad de Rocío Márquez.

Lleno hasta la bandera en el Antiguo Mercado de La Unión. Expectación, y no es para menos en esta noche en que se juntan estas dos mujeres que conforman cuarenta años de historia del Arte.

El presentador Miguel Meroño dio paso a la primera actuación trazando unas líneas generales sobre la ganadora de la Lámpara Minera 2008, la onubense Rocío Márquez, que para la ocasión viene acompañada por el tocaor Miguel Ángel Cortés -su escudero natural-, y las palmas y jaleo de Los Mellis.

Comienza Cortés con los previos a la guajira, unas falsetas bellísimas que dan entrada a la cantaora. Esa voz chiquita, dulce, con el melisma especial con que Márquez estira la garganta, calentando, en la composición perteneciente a su anterior disco “El Niño”. Siguió por malagueñas, con Cortés brillando en los acordes estrictos del cante describiendo figuras bellísimas con armonías adaptadas al timbre de su principal. Preciosismo en estado puro. El público aplaude al grupo. Siguió con tientos tangos subiendo la temperatura del escenario, con esa alegría natural que transmite a la audiencia… “Abierta está la rosa con la luz de la noche”, y Miguel Ángel Cortés estirando dedos, recorriendo mástil apabullando al respetable con el conocimiento de su herramienta. Impresionante.

Momento de intimidad. Los Mellis abandonan el encerado dejando a la pareja en soledad, un mano a mano entre dos que se complementan como si formaran un solo ser, algo sólido, palpable. Rocío, emocionada, recordaba ante el público aquel momento mágico en que alzaba la Lámpara Minera con solo 22 años.

La sinergia entre ambos, cantaora y tocaor, es algo inusual; la compenetración, el conocimiento que se tienen es profundo, casi mágico. Y lo demuestran en la minera, maestría y dominio en la ejecución del toque por parte del guitarrista, y el poderío vocal de Rocío que enmudece al Mercado (salvo, por supuesto, los tostoneros maleducados que no cejan en el empeño de molestar a los aficionados). Y qué decir de la seguiriya, o de “esa” seguiriya, “Firmamento”, que da título a su último trabajo discográfico, la deconstrucción del cante jondo, la reinterpretación de los cánones sagrados en la búsqueda de nuevos caminos. El Mercado se levanta ante la cantaora. La guinda: el homenaje al principal, a Pepe Marchena, con la interpretación del Romance, ejecutado de forma clásica, sin modernidades ni cosas de esas. Brillante. Luego cantiñas, y los clásicos caracoles: “Cómo relucen, como relucen cuando suben y bajan los andaluces”, con Cortés elevándose sobre su guitarra al cielo. El público de La Unión en pie. (Nota del autor: pocas veces he sido testigo de momentos como éste. Emoción)

Se despide Rocío, sonriente, agradecida; el público sigue de pie aplaudiendo sin parar. Y ante la insistencia, y con Cortés pie a silla, Rocío se arranca por fandangos elevando la voz, sin microfonía, que apenas escuchamos pero que percibimos soberbios. Una actuación de antología; flamenco, sin más, lejana de sus últimos trabajos modernistas, de su actuación en La Mar de Músicas de Cartagena presentando “Firmamento”. Rocío Márquez vino a cantar flamenco, de ese que sabe y del que es guardián hoy, mañana y siempre.

Todavía trastornados por lo visto y oído, y tras unos minutos de descanso, Miguel Meroño retoma el micrófono para presentar a la siguiente de la noche, un regreso esperado, y añorado, durante muchos años: el retorno de Lole Montoya a las tablas de La Unión. Y regresa con dos guitarreros de enjundia y abolengo: la sabiduría de Juan Habichuela “Camborio”, y la contundencia de Paquete. Cierra el trío el cajonero Lucky Poveda. Un lujo.

Luce bien Lole, cara guapa y tímida sonrisa. La noto tensa pese a estar arropada por esos dos monstruos naturales de los que se esperaría cierto nivel formal en sus instrumentos para paliar las deficiencias, o faltas vocales, de su cantaora. Pues no. La realidad es la que es y la transgresora cantaora de los setenta, aquella parte del dúo que hiciera historia en el desarrollo del flamenco -la de las subidas de registro, la de la voz poderosa- ahora es recuerdo en aficionados de tres generaciones.

Lole hizo un recorrido por aquellas canciones que la hicieron reina, las que la encumbraron cantaora por derecho y conocimiento. Hoy es espejismo. Lo intentó con sus viejas canciones, aquellas que cantaban a la revolución y al amor en esa España “que se desperezaba”; se esforzaba en entonar y entrar en orden a los tercios, aunque Camborio y Paquete tampoco es que tuvieran su mejor noche. No voy a decir con esto que los tocaores no supieran su trabajo, no, pero sí que estuvieron flojos cumpliendo su misión sin despeinarse.

Los versos de Juan Ramón Flores reviven en el Mercado. La Nana (“El sol, joven y fuerte…), la Mariposa, reina de todas las mariposas; ese “Dime” que tal vez fuera la más destacada; “Arroyo claro, fuente serena”; la bulería árabe; “Todo es de Color”, la canción revolucionaria que coreó el público acompañando a la trianera, y para terminar la preciosista “Romero Verde” -con el solo de cajón de Lucky- que cantó, ya sí, levantada de la silla. Ya está. La que tuvo retuvo, sí, y esto es lo principal: la alegría de nuevo de admirar, una vez más, a Lole Montoya encima de las tablas de La Unión.

Hoy, en la Avda del Flamenco, exhibición de trovos a cargo de la Escuela Municipal del Trovo de La Unión a partir de las 21:00h. A continuación, a las 23:00h, gala doble en el Antiguo Mercado de la Unión con el baile racial de la trianera Manuela Carrasco, y el cante sobrio del jerezano Jesús Méndez.

Feliz velada.

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