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Triana y Jerez se dan la mano

Jesús Méndez.(Foto: jch)

El calor sigue acosando al campo cartagenero. Aunque se percibe una cierta mejoría, la calima y la humedad perturba los cuerpos en la noche.

Gran gala doble la que vivimos el domingo noche en el Antiguo Mercado de La Unión. Cante y baile de la mano de dos generaciones distanciadas por edad y nacencia. De una parte, el clasicismo y pureza del joven Jesús Méndez, estirpe flamenca jerezana; de la otra, el baile racial de Triana en el cuerpo y alma de Manuela Carrasco, sentimiento y pasión.

Presenta Miguel Meroño al primero de la noche, el cantaor Jesús Méndez del que reseña algunos datos importantes de su biografía. Para esta, su primera vez en la Catedral del Cante, viene acompañado por la sabiduría del guitarra Manuel Valencia, y las palmas y jaleos de Manuel Salado y Diego Montoya.

Comienza con fuerza, por alegrías, entonando a poco a poco, dejando hacer a su tocaor y a la compaña el trabajo duro. Y sigue preparando, calentando con el tirititrán cuando el portento se produce y surge el torrente Méndez, la voz poderosa que entona y manda por encima de todo, inclusive sobre el palmeo vertiginoso que marcan los tres hombres. Trepidante. El público se despereza y aplaude con admiración. Se marchan los palmeros dejando a cantaor y escudero frente a frente con la minera, ese sacro santo cante de obligado cumplimiento para todo aquel que sube a estas tablas. Y lo bordan, los dos, cada uno en su trabajo, cumplimentando los tercios de manera sabia con Jesús rayando en la frontera del quejío sin pasar la barrera, en todo lo alto; y Valencia desatado al brillo de su cantaor, subiendo tonos para el lucimiento del principal. Muy bien. El público aplaude agradeciendo el esfuerzo realizado por la pareja.

Luego la soleá, ese cante del que Jesús Méndez es principal. ¡Qué voz!; ¡Qué melisma el suyo! Sin estridencias ni gritos, respirando, controlando el compás. Y una vez más Valencia reventando dedos entre las cuerdas de su sonanta, por derecho. Aplausos más que merecidos. Seguidamente más de lo mismo con la sagrada seguiriya. Pasión, entrega y esa voz que lo da todo, quebrándose en el sitio preciso, esperando en el otro mientras Valencia demuestra su saber hacer. Fantástico. El Mercado se emociona ante la pareja. Vuelve la compaña y el cantaor cambia de rumbo por bulerías, bulería de La Plazuela de la que es embajador.  Y vaya un pollo que montó el señor. Impresionante. Ante la caña que mete Valencia, el follón de los otros dos y el empuje del cantaor -que se fue para el frente a lucirse- el cante se abre ante el respetable en toda su grandiosidad, puro, con verdad. El Mercado, puesto en pie, aplaude al grupo.

Ya, para dejar las cosas claras se fue por fandangos, con Valencia pie a silla, fandangos del Chocolate -que me lo chivatea Bastian- y pataíta del cantaor, que sacude su palmito con salero ante el respetable puesto en pie. Emoción. Jesús Méndez vino a triunfar; desde el primer momento dejó clara sus intenciones de agradar a público tan exigente, y la mejor manera de conseguirlo fueron su arte y verdad, la naturalidad del que sabe y esfuerza al máximo sus condiciones formales. Y luego Manuel Valencia, que es harina de otro costal: una maravilla en fondo y forma. Excelente pareja. Esperemos no tardéis mucho en volver. Gracias.

La gran estrella de la noche, la hechicera de Triana Manuela Carrasco -bailaora de fama y nombre- regresa al Antiguo Mercado de La Unión. Viene acompañada de su marido, el guitarrista Joaquín Amador y del también tocaor Ramón Amador, Soraya Amador a las voces, palmeros y percusionista, y el cante “pa tràs” de Enrique El Extremeño.

Suenan los acordes del taranto, graves en las guitarras de los Amador. Entra Enrique con el lamento, quejío seco en la voz agria del cantaor. Ella aparece seria, mantón a los hombros, brazos en alto mientras Enrique la canta. Y la señora es de largo conocimiento manejando el mantón, subiendo brazos al cielo y cimbreando ese cuerpo que se agita ante la pena cantada por el hombre que no le pierde la cara, de pie, a su vera. Empieza el frenesí, la trepidación de los pies en el zapateo vibrante de la trianera. Muy bien. Termina recogiendo el mantón de las tablas yéndose seguida por su cantaor que remata el cante. Aplausos y elogios varios se oyen entre el público.

Es turno para la hija. Soraya Amador sigue a los tocaores que empiezan por tientos tangos y canta al frente, con buena voz y sentío, con su padre mandando romana y el grupo luciéndose para la cantaora. Un momentico que agradecimos los allí reunidos. Aplausos para la cantaora. De nuevo la seriedad con los compases de la soleá, y otra vez es Enrique el que empieza ante la llegada de su señora -de negro y azabache-, seria, enjuta. Y de nuevo el baile y los cánones de la verdad, la que no tiene reglas ni guion alguno.

Es su baile rabioso, ese que trasmite una energía contagiosa que conquista al espectador ensimismado ante las variaciones de la bailaora. ¡Qué fiera!, exclamaba Bastian tras el zapateao, y no era para menos. Muy bien el conjunto, en su sitio Enrique, y Manuela demostrando que pese a su edad todavía le queda mucha guerra que dar. Y se acabó: ya no hubo más. Despedida, pataíta por bulería y hasta la vista. Pues aquí os esperamos cuando queráis volver.

Para hoy, martes 8, dos eventos principales acaparan la jornada.

A las 19:30 h, en la mina Agrupa Vicenta -enclavada en el Parque Minero de La Unión-, la cantaora Antonia Contreras (Lámpara Minera 2016), acompañada de su inseparable Juan Ramón Caro presentará su trabajo discográfico “La voz vivida”. Luego, tras la Gala y en la Velada Flamenca acudirá para firmar su disco.

A las 23:00 h, en el Antiguo Mercado Público de La Unión, será el Ballet Flamenco de Andalucía el que cierre las galas de esta 57 edición. Y lo hará con el espectáculo “Aquel Silverio”, una recreación de los cantes atribuidos al “inventor” del flamenco, el cantaor y empresario sevillano Silverio Franconetti. Qué disfrutéis. 

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