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Ardemos

Vamos ya cruzando el páramo y al fondo, en la línea azulada de la sierra, arde el bosque. Y miramos atrás y vemos el mar ardiendo y la luna envuelta en el blanco trémulo de las estrellas. De dónde venimos o a dónde vamos es insustancial. Como ardemos bajo un cielo de margarina, como el mar nos devuelve el desprecio o tu sonrisa es el hielo más puro del fondo del glaciar. Eso ya importa, es el cuchillo hurgando en la herida abierta, el torrente de la rambla y la espuma en la orilla, lo que nos detiene a mitad del camino (y las llamas que nos rodean, y que son azules, y carmesíes y violáceas). Y en silencio, contemplamos el ciempiés que se arrastra, y las raíces resecas sobresaliendo de la arcilla seca, y el taray y tal vez el lecho de sal y las gaviotas picoteando las costras de nuestros cuerpos.

Se nos hace largo y empinado el camino. Y no hay sombra que nos cobije, ni hojas de parra que tapen nuestra vergüenza, ese nihilismo que habita en el desierto, en la selva y en nuestra alma corrupta. Y la primera lluvia abre y agranda el surco y corre miel por su cauce y nos arrodillamos para beberla y sentir como endulza nuestro interior y nos ralentiza el paso hasta que arrastramos las piernas.

Somos el camino y el cruce del camino al mismo tiempo y ardemos bajo un cielo de margarina.

 

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