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La ciudad barroca: el Malecón

Fotografía antigua del paseo del Malecón. (todocoleccion.net)

La existencia del Malecón, como un muro de protección exterior a la ciudad, se ha llegado a considerar por Menéndez Pidal como previo a la misma ciudad. Esta idea choca con el hecho de que el actual malecón no dispuso hasta el siglo XIX de una construcción de fábrica, sino que fue siempre un terraplenado semejante a las otras motas del río, construidas con sus propios sedimentos. Por ello, parece más acertado asimilar ese muro del Thader con la presa de la Contraparada, que se encuentra distante del lugar de la ciudad. Malecones hay también en otros lugares, en Sangonera o La Raya, como una forma tradicional de hacer frente a las avenidas. El Malecón no pasaba de ser un terraplenado frágil, que no soporta los desbordamientos y los embates del Sangonera, que acomete de forma perpendicular contra este muro. Las actuaciones que se llevan a cabo son puntuales y limitadas, y por lo general ejecutadas, como es el caso de la Contraparada y el Malecón, con medios precarios que exigen nuevas intervenciones.

Las continuas avenidas que asolan la ciudad y la huerta dan lugar, a lo largo de los siglos, a planes o medidas tan semejantes como insuficientes. Los elementos clave del Malecón y la Contraparada, como los puentes, se destruyen sistemáticamente y su reparación se hace en todos los casos imprescindible junto con otras medidas, como suprimir los molinos aguas abajo del puente, limpiar los cauces o aliviar el Riacho, que recoge las aguas al norte vertiendo al Meandro de los Conejos, que envolvía la ciudad por el este, el primero en ser cortado. O taponar los trenques del Sangonera.

Para algunos autores, las riadas afectan a la ciudad desde la destrucción de las murallas, que procuraban un recinto dentro del mar que suponía la inundación, según Roselló. Lo cierto es que la localización aguas abajo de la confluencia de dos ríos, entre las ramblas de Churra y Espinardo, como los arrastres que vierten de los cabezos, constituyen un territorio fuertemente expuesto y limitan de modo extremo el espacio seguro. A ello que hay que añadir las crecidas de las acequias Aljufia y Caravija, que dañan la Arrixaca del Norte, o las roturas del Paredón de San Andrés por el mismo motivo, dañando la del Oeste. A las riadas sigue el despoblamiento, al cargar a los sobrevivientes los costes de la reconstrucción. Todo ello históricamente representa una tenacidad y un empeño ímprobo en mantener y reconstruir Ciudad y Huerta, sin el cual Murcia habría desaparecido, aunque constan noticias de avenidas ya  en el siglo XIII y siguientes, como roturas de presas, la Contraparada y la de los Molinos en la ciudad. No hay que olvidar que la ciudad ha ido invadiendo terrenos sedimentados, reduciendo con ello la sección del cauce e invirtiendo la curvatura del meandro primitivo, y con ello la dirección de los desbordamientos.

Durante el siglo XVII peligra la pervivencia de la ciudad. La segunda mitad supone un período de calamidades que reducen la población, asolan la huerta y dejan derruidos, según las crónicas, barrios enteros, especialmente los periféricos o extramuros, que vuelven a sentir el azote las riadas. Las obras anteriores de defensa no resultan suficientes. La Contraparada, esencial para derivar las aguas del Segura, no había llegado a repararse correctamente, con lo que su función de presa que distribuye el agua aliviando el cauce central no se cumple, concentrando la riada en el brazo principal. Los problemas de retención aguas abajo continúan. En el aspecto sanitario también se sufren epidemias, la más intensa en 1648: la llamada peste levantina, que produce una gran mortandad. Según Frutos, de nueve mil vecinos (Ciudad y Huerta), quedaron poco más de setecientos. Los cadáveres eran arrojados por los balcones al paso de los carros que iban recorriendo las calles.

El Malecón puede entenderse como una superestructura que actúa de modo complementario de la envolvente amurallada de la ciudad –sus verdaderas defensas–. La posición frente a las avenidas del río se plantea así con una doble línea de protección al oeste (malecón y recinto). Una situación que ofrece un frente defensivo hacia el sur compacto y reforzado por el río, lo que no se aprecia por el frente norte. La sedimentación aguas abajo por el espigón de la esquina del Alcázar, con la Torre Caramajul, produce arrabales inundables cuyo cercamiento dejaría ineficaz la fortaleza. Hacia 1420, tras dos inundaciones, el Concejo de la Ciudad toma la decisión de demoler las viejas casas del barrio de la Arrixaca para construir un muro de contención, una defensa de la ciudad ante los embates de las crecidas, que se levanta sobre las mismas motas del río. Este muro no tuvo la consistencia necesaria para aguantar una nueva riada, por lo que en 1477 fue necesario reforzarlo. Según recoge Roselló, en A.C. de 1477 y 1546 se trata sobre esta estructura. En la primera sobre la conveniencia de su reconstrucción,

Otrosí que saben que antiguamente fue hecho un malecón, que se toma desde la puerta del Puente de parte arriba de la ciudad, y que llega hasta la acequia de la Aljufia (donde está la Sartén) para guardia e diversión de las avenidas o aguaduchos.

La segunda reseña se refiere a la construcción de otro tramo, pared o paredón. Hacer otro malecón o defensa que continúe desde San Francisco hasta la Torre Caramajul, con un tercer tramo desde el Rabal de San Juan hasta la Merced. Con lo que la ciudad quedaría protegida en todo su frente fluvial, incluido el tramo de río desaparecido. No es hasta 1665 que se proyecta realzarlo, elevando la altura de la pared. Quedó destruido de nuevo en 1701 con el Puente central. Es a partir de 1745 cuando, por mediación del cardenal Belluga, es reconstruido. Continuaron sus acabados y fue consolidado por Floridablanca, tomando más adelante la forma de paseo, al unirse como zona de esparcimiento al Arenal y las Alamedas. El Concejo mandó situar cuatro canapés o bancos de piedra, zona que conocemos como cuatro piedras.

Declarado monumento histórico-artístico en 1982, el Malecón se se sitúa sobre el nivel del suelo y rodea la ciudad en más de 1,5 kilómetros; la envuelve desde su arranque en el Plano de San Francisco hasta lo que se denominaba Casicas del Tablacho, en su extremo norte. Envuelve a su vez una porción del paraje conocido como La Arboleja (Algualeja), una zona cuyos terrenos se encuentran a menor cota que los de la ciudad y estaba sujeta a inundación en las fuertes avenidas. Por ese espacio se extenderá la Arrixaca del oeste y sus agregados, que se mantendrá como terreno agrícola contiguo a la ciudad. Por sus condiciones, en esa zona se ubican los alfares y resulta de menor interés para el asentamiento.

Como paseo, el Malecón permite o tiene la virtud de arrancar desde el escenario urbano, imagen que se va perdiendo de vista conforme avanzamos sobre él, transitando en pocos minutos a otro paisaje, de un mundo a otro rural a ambos márgenes. Huertos y construcciones singulares que configuran el paisaje que lo envuelve y que forman parte inherente del propio Malecón. Se trata de un paisaje característico e inseparable que se debe proteger, rehabilitar y mantener del conjunto que se centra en este monumento.

 

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