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El cuento de La Paz

Margarita está linda la mar… / Siempre ha habido ricos y pobres

Una de las ideas del pensamiento reaccionario español, expresada en el XIX por el entonces alcalde de Madrid, Mesonero Romanos, distingue, refiriéndose al ensanche de la ciudad, dos niveles de territorio urbano: uno para las clases sociales de posición elevada, que precisan amplitud, ornato, comodidad y belleza, y otro periférico en el que habiten las clases más desfavorecidas, disponiendo de las condiciones justas para lo que denomina su sistema de vida. La Paz, como otras actuaciones masivas de promoción pública de la larga posguerra, viene a ser uno de esos ejemplos de barrio marginal, extremo respecto de la ciudad, para cuyos habitantes se procura unas condiciones mínimas de alojamiento, junto a una profusión de espacio abierto y unas dotaciones igualmente ajustadas. Una barriada a la que ni se va ni coge de camino.

“En la Murcia cursi, egoísta y adoradora del dinero, no debe caber nada que no nos guste ver, ni existir necesidades sociales que atender o situaciones que violenten nuestras conciencias o intranquilicen las vísceras de los burgueses”

Construido sobre el antiguo cementerio de Puerta Nueva, para alojar a gentes sin techo, procedentes en casos de cuevas o chabolas. Viviendas de propiedad pública, con una función asistencial en las que alojar de forma tutelada a gentes sin recursos. Del Estado pasaron a la autonomía, y esta se las quitó de en medio entregando las viviendas a sus ocupantes, con independencia de sus situaciones personales o su capacidad para mantenerlas. Tal y como están las cosas, su permanencia precisaría de intervenciones importantes, tanto en los edificios como en el barrio, acciones que no cabe esperar que se lleven a cabo desde los poderes públicos. Por eso entiendo, y aquí empieza el cuento, una vez que pasan de beneficiarios a propietarios, los vecinos de La Paz a la vista del abandono de las políticas de protección social en materia de vivienda que practica la Comunidad Autónoma, y convencidos de la escasez de recursos municipales para atender las carencias de los nuevos propietarios, encuentren en la propuesta de una empresa privada una salida a sus situaciones personales, recogiendo una parte del negocio inmobiliario; la especulación del pobre podría decirse. Y es natural que, conscientes de su realidad, de sus dificultades para superarla y con una fundada desconfianza en los poderes públicos, confíen en mayor medida en un proyecto empresarial que en la acción política de quienes nos gobiernan. Aun poniendo en peligro la cohesión social, los sentimientos o las relaciones entre los vecinos. En la Murcia cursi, egoísta y adoradora del dinero, no debe caber nada que no nos guste ver, ni existir necesidades sociales que atender o situaciones que violenten nuestras conciencias o intranquilicen las vísceras de los burgueses.

Una vez quemado el monte aparecería un salvador, que como la lechera del cuento aparece con el método del “Carrefour” –pago una y me llevo dos–, dos viviendas por cada una de las actuales, una para el cedente y otra para vender. Alguien con el apoyo de los mismos poderes públicos que se han quitado el mochuelo de encima les hará la oferta. Y así se proyectará un nuevo barrio virtual. Un pequeño Manhattan con arquitecto mediático e imágenes y videos que expresaban un futuro de diseño lleno de novedad, un desclasamiento programado en el que hasta los niños serían más guapos, las ropas mejores y donde vendrían a vivir nuevos vecinos, a los que incluso se les podría vender las casas que las personas mayores no iban a poder mantener. Así que, a falta de solvencia y análisis sobre la viabilidad del asunto, proceden baños de masas, proyecciones, camisetas para fans, aclamaciones y jolgorios para meter ruido y presión, en una esperpéntica exaltación de la connivencia entre intereses públicos y la iniciativa privada, y del ladrillo como redentor, todo gratis y sin esfuerzo. Y, claro está, una conversión de los votantes en agradecimiento a sus benefactores.

Pero no todo iba a ser felicidad. Y eso que, a pesar del montaje de figurar como promotores los vecinos –los nuevos propietarios– y de todo lo que el alcalde se deja ver sonriente entre las camisetas ad hoc por esto, quedan personas reacias a creerse este cuento, que sospechan que a los pobres siempre se les engaña, por lo que conviene un gesto del Ayuntamiento que les haga entender que esto es inevitable. Así que nada mejor que demoler por adelantado la guardería infantil del barrio, como si fuera suya. Y mandar a los niños a unos barracones en un solar alejado con flautista de Hamelín a jornada completa. Como acicate y escarmiento para aquellos escépticos a los que el tiempo ha dado la razón. Ya se sabe y ellos lo sabían que la alegría dura poco en la casa del pobre.

“La crisis inmobiliaria vista así tiene carácter balsámico o sacramental y exonera de reparar los perjuicios causados; Mesonero Romanos aplaudiría desde su tumba”

Se rompió el cántaro de leche, y a la vuelta de los años, el fracaso de este como de otros proyectos visionarios llenos de lujo virtual con campos de golf y miles de viviendas para nadie, se atribuye al pinchazo del ladrillo, como podía haber sido del cha cha cha, un nuevo cuento, esta vez chino. La crisis se consagra de este modo como eximente de responsabilidad o fundamento de argumentaciones interesadas: tal empresario dejó en la estacada a cientos de personas y se quedó con las cantidades entregadas a cuenta, por culpa de la crisis; Fulano no llegó a consumar el pelotazo y dejó todo hecho un desastre por lo mismo, la crisis que acechaba como la muerte lo sorprendió. O tal o tales obras faraónicas me temo que se han quedado a medio hacer por los siglos de los siglos por el mismo motivo. Y es cierto que la crisis desmontó montones de aventuras como esta sin fundamento. Como que los niños siguen en los barracones, no por un atropello que merezca siquiera un reproche, sino por el fracaso del ladrillazo. La tiraron con buena intención para poder llevar a cabo, tras esta etapa iniciática de destierro, su desclasamiento y, claro está, porque siempre ha habido ricos y pobres. La crisis inmobiliaria vista así tiene en este aspecto carácter balsámico o sacramental y exonera de reparar los perjuicios causados. Mesonero Romanos aplaudiría desde su tumba.

La rehabilitación del barrio que queda pendiente, pasará inevitablemente por la mejora de las condiciones sociales y económicas de sus vecinos, de las pensiones, programas de empleo, asistencia social y seguridad ciudadana. De poco van a servirles las escrituras a quienes carecen de medios para mantener sus inmuebles. Tampoco le resultan de mucha utilidad al Ayuntamiento, que sin percibir compensación o transferencia presupuestaria, tendrá que asumir como hasta ahora la situación y continuar atendiendo la asistencia social y los servicios públicos como las carencias personales de los más necesitados. Y vendrá en este caso a llenar un vacío en la acción política general, inmersa en esta segunda desamortización española, que tiende a privatizarlo todo, desde el suelo y el subsuelo hasta confiar en que propuestas privadas sustituyan a las políticas sociales que siempre serán necesarias.

 

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