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El dolor

Después de batallas ganadas y alguna derrota innecesaria, soñé que el enemigo huía a lomos de escorpión por las arenas quemadas de lo que alguna vez fue el Valle del Segura. La solana era la única sombra del desierto y a lo lejos, en mitad de un cielo de granito azulenco, la primera estrella de la esperanza se recortaba sobre un lienzo de terciopelo rojo.

Fueron colosales nuestros contrincantes, experimentados en el arte de la alegre traición, oradores de culos secos de botellas de cerveza en chamizos de paja y barro junto a palmeras y camellos alejados de la Ruta de la Seda. No hubo rasputines aunque alguna vez, como el reflejo del rayo verde, vi la figura del judío centroeuropeo caminando entre la nieve y mascullando palabras obscenas en yiddish.

Lo demás, miradas y silencio, reproches junto a la cuna del recién nacido, los reyes vasconavarros ocultando sus vergüenzas en Zumárraga, la hierba, los helechos, las sombras de las hayas…

Ganamos batallas importantes pero seguimos viviendo en la incertidumbre del relativismo moral, sabiendo que las lanzas son quebradizas y que su posición es variable, como las veletas de los tejados de los Shtetl.

Acabamos con dos versos elegidos al azar de nuestro ex-consejero poeta Cruz, hombre de cultura y de luz en las oscuras noches del invierno:

“El dolor es una ideología / (nunca revolucionaria)”.

Pues eso, feliz ideología en el dolor, que hemos acabado las fiestas de la vida eterna recobrada, y ya van más de 2.000 años sin saber si se trata de un placebo o de una frustrada utopía.

 

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