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El experimento

"La economía ha mejorado", pero... "la pobreza ha aumentado", dice ahora la OCDE en relación a nuestro extraño país. He ahí el exótico oxímoron que escupe, indefectiblemente, el experimento de marras, allí donde se aplica. En nuestro caso, como en otros previos, las profecías –esotéricas– de tan paradójica fe (pseudociencia o falsa religión) se han cumplido. Y digo esotéricas porque esos objetivos ahora logrados no son los que abiertamente se proclaman: la desigualdad como finalidad, y no a través del mérito sino a través de la trampa. No en vano, el neoliberalismo es el populismo de las elites que veranean en paraísos fiscales y roban al por mayor.

Obviamente, en la ecuación con que se inicia este artículo, la segunda afirmación convierte en absurda la primera, pero es que el absurdo es la materia prima de la que está hecha la fe de estos nuevos fanáticos. Ya se sabe que en todas las formas de creencias irracionales, hay catecúmenos que sobresalen por su extremismo, y a la hora de seguir con fe de carbonero cualquier catecismo, siempre hemos sido de los monaguillos más aplicados y repipis.

Hacia la virtud propia a través de la penitencia ajena. He ahí el principio hiperbóreo que rige la conducta de nuestros mandamases. Rajoy es capaz de torear todos los toros de la austeridad que se le pongan por delante, desde la barrera y sin soltar el Marca. En diferido y por delegación. Todo un logro.

En un documental que vi recientemente, ponían a España como ejemplo (junto a otros países desgraciados y desprotegidos de la tierra, pero en este caso ya en Europa), de conejillo de Indias de un gran experimento antisocial: el del neoliberalismo desatado. Un artefacto intelectual que, más que con la libertad, tiene que ver con el vacío de reglas que facilita el fraude.

“Nunca se sabe por dónde pueden salir los experimentos; las mutaciones imprevistas y los monstruos frecuentes son la regla más que la excepción”

En otros países fuera de Europa, fue necesaria la fuerza bruta de una dictadura militar para que los técnicos de la escuela de Chicago ensayaran, sin interferencias populistas ni molestias populares, sus técnicas inhumanas. Aquí no fue necesario. Bastó con comprar –en el momento propicio y a precio de saldo– al poder político en sus dos gamas de color: el rojo desvaído y el azul intenso, para que las probetas iniciarán sus experimentos contingentes y falibles.

Hoy comprobamos que los experimentos –vistos a través de una mampara– nunca se sabe por dónde pueden salir, y las mutaciones imprevistas y los monstruos frecuentes, más que la excepción, constituyen la regla.

Cuando mis padres hicieron su primer (y último) cambio de domicilio –éramos nosotros aún unos niños–, nuestra nueva casa resultó estar situada en las afueras de la ciudad, y enfrente de nuestro bloque de viviendas había una zona de antiguos chalets de veraneo, ya en decadencia, y un laboratorio abandonado y en ruinas. En torno a unos y otro crecía una vegetación desmadrada, sin control, salvaje y lujuriosa, como la que luego se ha visto crecer en el área antes habitada y hoy abandonada y radiactiva de Chernóbil.

Y entre esa maleza de verde intenso, en la que de vez en cuando brillaba el cristal de una probeta abandonada, correteaban cobayas gigantes y multicolores, que hasta hacia poco no habían conocido más compañía que la que proporciona la estrechez de las jaulas experimentales.

Aparentemente aquella selva libre tenía el aspecto saludable de un paraíso, pero en el fondo hasta los niños –con nuestro sexto sentido– detectábamos un aspecto triste de enfermedad, y también de peligro. Aquellas probetas y aquellas cobayas no eran una combinación muy natural.

Tras la huida de la gente (algunos contaminados inexorablemente con las semillas de la muerte), a Chernóbil fueron llegando los científicos atraídos por el estudio de ese experimento a gran escala: el de la coexistencia de una Naturaleza aún viva con un veneno radiactivo que en algunos casos va a durar 24.000 años.

Es este un estudio que podría hacerse a escala global, ya que la nube radiactiva de Chernóbil, con sus isotopos venenosos y casi eternos, se extendió por toda Europa y más allá de sus límites. Esos isótopos son agentes de contaminación y muerte, pero a la vez ellos mismos son –vistos a una escala humana– casi inmortales. Una prueba viva y mortal de que la actual civilización humana no sabe manejar las consecuencias de sus actos.

Armados con sus contadores Geiger, capturando ratones radiactivos, y estudiando todo tipo de muestras y rarezas de "La zona", describiendo las mutaciones extrañas de las golondrinas de colas asimétricas y papada albina, los científicos empezaron a moverse por los grandes espacios abandonados, por los campos de cultivo invadidos ahora por bosques frondosos (algunos de ellos de un extraño color rojo), entre la chatarra oxidada y contaminada del progreso, entre las ruinas de edificios soviéticos y casas abandonadas apresuradamente por sus habitantes, donde los cuadernos infantiles con canciones patrióticas sirven hoy de abono a los hongos radiactivos, y donde las cuencas vacías de las muñecas sin ojos sirven de refugio a arañas luminiscentes.

Y observaron un extraño fenómeno: la Naturaleza, con sus plantas, con sus lobos, osos y alces, comenzó a adueñarse de ese espacio tóxico y vacío. Los jabalíes corrían por las calles asfaltadas de la ciudad fantasma; los ciervos se asomaban a la calle a través de la ventana de un tercer piso, y desde el interior de un cuarto de estar, donde se pudría una biblioteca enmohecida, contemplaban con curiosidad la escena; los troncos empujados por su raíz rompían primero los suelos y después, subiendo por el hueco de la escalera, atravesaban los altos techos de los edificios, en busca del cielo y la luz, de tal manera que la Naturaleza parecía no sólo sobrevivir, sino adaptarse y progresar.

Para explicarse este misterio de una vida prolífica entre los efluvios de la muerte, algunos científicos concluyeron que junto al factor agresivo del veneno radiactivo, estaba el factor saludable de la ausencia humana (ese otro veneno), y de esa confrontación, quizás debido a la mayor toxicidad de este último veneno, la Naturaleza salía aparentemente triunfante.

En las viejas películas de la época (1986), rodadas en los primeros momentos tras el accidente, se observa a algunos operarios militares protegidos hasta las cejas y con mascarilla, como protagonistas de una película de ciencia ficción hecha realidad de repente, que se pasean tranquilamente por las calles de la ciudad y se cruzan con los ciudadanos que no han sido informados aún de la catástrofe, los cuales ignorantes del veneno invisible que están respirando, siguen haciendo su vida normal, aunque algunos se paran a mirar intrigados a esos viandantes ataviados de tal guisa: las madres pasean con sus cochecitos a sus bebés en un día soleado de primavera, los niños juegan a la pelota inocentemente, o se columpian, o juegan con la tierra con sus palas y cubos de juguete (muchos morirán más tarde o padecerán cáncer de tiroides), y vemos como en la cinta que graba esa escena siniestra, los fogonazos luminosos de la radiactividad dejan impresa en la película la huella de la muerte que flota en el ambiente, inodora, incolora, inaudible. Como si los ángeles del Apocalipsis hubieran rozado con sus alas el instante inmortalizado de la muerte.

A nadie se le oculta que el experimento neoliberal está guiado por una nostalgia de la selva. Para su triunfo estorban los seres humanos. O al menos muchos de ellos. El final de la Historia que persiguen, se parecerá, sin duda, a "La zona" que describe la inquietante película de Tarkovsky.

El siglo XXI será ecológico y solidario o no será.

 

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