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La ilusión de ser robot

Tengo la moral por los suelos. Al despertar he notado dos tornillos flojos en la región occipital y un par de arandelas sueltas en las conexiones neuroaxiales; fruto, con seguridad, de una agitada noche de poluciones nocturnas inducidas por la libidinosa conexión wifi. ¡Por Dios, cuánto echo de menos esas noches humanas, sufriditas, donde uno era dueño de sus instintos!… Pero vaya por delante que no soy el fruto de una relación adúltera entre Mary Shelley y el doctor Frankenstein, ni poseo ningún caparazón quitinoso como el de Gregor Samsa, ni asquerosos élitros que nivelen mi vuelo para interpretar molestas sinfonías veraniegas en las ventanas de los apartamentos playeros. No. Nada de eso. Lo mío es mucho menos prosaico: una estructura ergonómica y liviana, compuesta de un material revolucionario, derivado del grafeno, que permite prescindir de los trasnochados huesos como soporte óseo-esquelético, ahorrando así a la humanidad ingentes cantidades de escayola y de vendas, destinadas antaño a enderezar huesos y aliviar traumatismos. Un inevitable paso más hacia la economía de recursos que a punto está de consumirnos como humanos para prefabricarnos como rotuladores indelebles. Porque son o eran los humanos los que más recursos consumían. Y créanme que conozco de sobra el percal: antes de ser esqueleto de grafeno, fui plastilina laminada de primera marca; no plastilina china contaminante, salta aduanas, sino una de calidad made in UE. Eso sí, hecha en China, pero fabricada en la UE. Quizá, por eso, dentro de cinco Champions y dos Roland Garros, el 50 por ciento de la población activa europea dejará de estarlo, y, para entonces, se disfrutará de una renta básica que no sabemos muy bien quién pagará eternamente. Trabajar ya no será una maldición bíblica ni una premisa de políticas redentoras. El género humano dejará de ser lo que ha sido hasta ese momento, para pasar a ser algo distinto, diferente, ignoto; quizá inviable tal y como lo hemos conocido hasta ahora.

“Dentro de cinco Champions y dos Roland Garros, el 50 por ciento de la población activa europea dejará de estarlo, y, para entonces, se disfrutará de una renta básica que no sabemos muy bien quién pagará eternamente”

Sé que me quejo de vicio, quizás sea una reminiscencia de mi pasado humano, pero me siento fatal cada vez que contemplo mi porvenir como robot; fíjense: hace unos días me acosté desempleado y desmoralizado, como cualquier humano desde hace 20 años, y sin comérmelo ni engrasármelo (el suceso de la plastilina laminada prefiero pasarlo por alto), me desperté robot amortizado, flamante, maravilloso, todo a estrenar…, cómo podría explicarlo mejor…, a ver: ayer me acostaba rezongando del insomnio, de la náusea de ver a Sartre escribir a solas en su contingencia sin encontrar editor, del vértigo que me producía ver a Hitchcock empeorar de su psicosis sin un mal productor que le siguiera los talones, y, ahora…, ahora resulta que por obra y gracia –más bien por gracia– del Kafka de la Inteligencia Artificial me incorporo a las filas del pleno empleo y a la larga vida de los césares y reyes (quienes jamás de los jamases imaginaron que un simple esqueleto de grafeno pudiera sobrevivir a sus aristocráticos y gotosos huesos). Impasible al desaliento o al ademán –o al revés, qué más me da ya– trabajaré 24 horas al día los 365 días del año; si es que se puede denominar trabajar a lo que quiera que haga un robot –que esa es otra–. En fin, no tendré que preocuparme por el mañana ni por el pasado mañana. No sufriré las dudas ni los espasmos ni las traiciones postelectorales del votante. Me importará una miseria a cuanto esté el salario base ni a cuánto la pescadilla de arrastre porque me alimentaré de aceites enriquecidos y no necesitaré un duro (entonces ya el euro habrá desaparecido) ni para comprar medicinas, que, por cierto, ya no existirán merced al descubrimiento de la inmortalidad.

Este bello futuro que me espera en mi nueva vida de robot no puedo soportarlo, porque no tiene nada de mágico. Yo prefiero la excitación, el alborozo, la corazonada de que Pedro Sánchez volverá para aliarse con Unidos Podemos, que Barcenas arrasará en las elecciones a tesorero del FMI, que Soraya y Cospedal no podrán salir de las rebajas de Zara porque Esperanza les atrancará la puerta, que Cifuentes multará a Esperanza por atrancar la puerta de un templo del vestir, que Artur Más volverá a ser presidente de Cataluña y que Oriol Junqueras apadrinará una ONG de toreros españoles. Y si quieren algún añadido extra mágico puedo adelantarles que Jiménez Losantos está creando su propio círculo liberal, junto con otros prestigios prestigiosos de nuestra nación, para solicitar su entrada en Podemos.

No lo piensen más, hubo un tiempo en el que existía un lugar para lo real maravilloso, donde el racionalismo perdía pie a pesar de ser la talla única que calzaba el pensamiento. Hoy lo mágico es la Ciencia, la ciencia ficción. Las heroínas infantiles como Blancanieves (nada que ver con Narcos) o Caperucita Roja (con permiso de Miguel Urbán) han sido destronadas por Super Mario Bros y el Assassin’s Creed I, II, III, IV y los que vengan, herederos de la incipiente inteligencia artificial, que acabarán cortándonos el cuello o atropellándonos en un paso de cebra en un alarde de realismo total. Las maravillas del futuro, que no son lo mismo que un futuro maravilloso, se anuncian a la vuelta de la esquina, pero no sabemos todavía si estarán de parte de las máquinas o de los humanos. Cientos de extraordinarios artefactos verán la luz mientras nos adentramos en las tinieblas con una linterna de grafeno. Alumbren bien, la luz está al final del túnel.

@gurbrevista

 

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