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Lo que perdimos

Júbilo en las calles tras la proclamación de la II República española.

Crecí pensando que el futuro era un fogón y el suelo un hocico de cerdo. Cuando me escondía detrás del árbol de la casa, en el brazal de arcilla o debajo de las mantas en esos inviernos tristes de pan negro y hierba creciendo en la flor del estómago, siempre estaba con un libro entre las manos. En aquellos años ser pobre era una maldición, pero aún lo era más haber heredado de la abuela materna una biblioteca con cerca de dos mil libros y un anhelo de libertad que el tiempo y el paisaje de cirios, cruces y cánticos medievales reprimía con una sonrisa diabólica.

Era una época de mirada congelada. Al fondo, las laderas amarillas de la siega, los caminos bordados de amapolas y margaritas, y las nubes rosadas del crepúsculo, azúcar en la sonrisa de la escuela destruida por el altar.

La mujer del mañana pervivió después de 1945 en las tierras silenciadas del sur de los Pirineos; la mujer, la abuela, la esposa, la niña y la ideología de la desigualdad en el primer vientre de la vida. Éramos versos de rima fácil y la cesura entre la vida y la muerte no la decidíamos nosotras. Tampoco podíamos en la penumbra de la cocina o entre los muros del patio.

Casi dos mil libros heredé de mi abuela y en el segundo invierno de la década de los cuarenta, ardieron ciento cincuenta y tres en la Plaza Mayor del pueblo. El alcalde llegó, acompañado por el jefe del puesto de la Guardia Civil, requisó y quemó una parte de mi educación adolescente en el mismo lugar que Clara Campoamor nos habló en 1932 de la igualdad y del derecho al voto femenino.

Por entonces, la bandera que ondeaba al viento del mediodía en el balcón del ayuntamiento ya no era la de mi familia.

Por entonces, el silencio de las alondras nos recordaba que no era tiempo de alegría y aquel año, lo juro, no escuché el canto hermoso del macho desde las altas nubes del valle. El amor estaba también proscrito, el amor y la mirada tierna entre jóvenes.

A los cinco años aprendí a leer, a los dieciocho olvidé que la literatura era una fuente tempestuosa de libertad. Encerrada en casa, el padre en el penal del Puerto de Santa María, los libros más queridos ceniza esparcida por el viento de los cruzados, mi madre, mi pobre madre, lectora empedernida de Emilia Pardo Bazán, llorando en la oscuridad de su cuarto carcelario y mi hermana, maestra republicana, durmiendo el sueño eterno en cualquier recodo de una carretera de montaña.

1942 fue un año frío. Todavía hoy, cuando cruzo en diagonal la Plaza Mayor, huelo el cabello quemado de George Sand.

Este 14 de abril se han cumplido 86 años de la proclamación de la II República. Su grandeza adquiere dimensiones colosales cuando contemplamos lo que perdimos en todos los ámbitos de la vida con su destrucción. Su retorno, el retorno de su espíritu, es una necesidad histórica cuando, en abril de 2017, nos percatamos de que no hemos recuperado nada, o casi, de lo que perdimos y que los que la destruyeron siguen creyendo que el país es su cortijo y que nuestras vidas les pertenecen. Espero ver antes del último viaje la bandera de mi familia ondear en los edificios públicos de las plazas y pueblos de España.

Espero.

 

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