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Luces de 'La La Land'

Voy a ver La La Land por primera vez. Siento una gran emoción, similar a la que se experimenta cuando somos testigos de un espectáculo irrepetible. Pero a los quince minutos ya estoy aburrido y muy decepcionado. Los números musicales y la relación amorosa que entablan los personajes me resultan soporíferos. Me pregunto si soy una persona horrible. Respiro profundamente varias veces durante la primera hora, como cuando tomamos aire ante una situación desesperante porque decidimos, pese a todo, perseverar sin ninguna esperanza. Yo aún conservo un resquicio de vagas ilusiones por disfrutar de la verdadera magia del cine, no solamente de su impostura y de una colección de clichés genéricos. “Venga, aguanta un poco más. Dale una oportunidad”, me digo. Y me digo que la película no puede continuar con la misma cantilena sentimental durante dos largas e interminables horas, que debe de haber algún cambio en el planteamiento que justifique esta celebridad. Por favor, tiene que haberlo, me resisto a que no lo haya; me resisto a creer que la película es por entero plana, superficial, sin ningún otro aliciente que el de la pura diversión. ¿De dónde han salido si no todos esos premios, el aplauso del público, el éxito entre la crítica? ¿Es que hemos olvidado Cantando bajo la lluvia? El director de Whiplash, una de las mejores películas de los últimos años, tampoco puede haber cambiado tanto sus intereses sobre la naturaleza humana. Por fin, al cabo de una hora y cuarto, se intuye el anhelado viraje en los abismales ojos de Emma Stone, desconcertados entre la multitud de un entretenido concierto. Y al poco esta impresión se confirma. Sí, definitivamente, hay un cambio. Estaba repantigado en mi asiento y me reincorporo; aguzo mis sentidos. La pareja discute, hay un conflicto, la vida entra de verdad en escena. El lenguaje del cine ya había introducido este giro unos minutos antes: una gran mancha marrón de humedad en el techo hablaba (sí, hablaba, aunque aún no lo sabíamos) de abandonar las ilusiones, de renunciar a los verdaderos sueños. Las escenas musicales se reducen, pueden olvidarse sin ningún remordimiento. A la portentosa fantasía de un final made in Hollywood (mucho hay también aquí, creo, de la vena optimista de Woody Allen) se suma una potencia que no es solo complaciente. Hay finales memorables en la historia del cine. Son pocos (muy pocos), pero son. Un miserable y mezquino comediante desolado en la playa, perdido entre sus lágrimas y el sonido de las olas, en La Strada; un pianista donjuanesco que comprende el mayor error de su carrera, al terminar una Carta de una desconocida; la confesión de un amor irrealizado e inolvidable frente al destino ineludible de la muerte, en Dublineses; un padre feliz que se derrumba, desamparado, cuando cae la piel de la simple manzana que pela, en Primavera tardía; o el emocionante reencuentro entre el simpático y noble vagabundo y la bella florista, en Luces de la ciudad. Sí, es muy cierto esto último. No son insólitos los rumores que había escuchado de un parecido entre Luces de la ciudad y esta película. Esa mirada final sostenida, la sinceridad de una suave sonrisa triste… La larga espera ha merecido la pena.

 

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