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Ser un personaje

Siempre me han impresionado las anomalías que la gran ciudad genera en sus ciudadanos. Siempre he sentido simpatía por aquellos que quieren escapar al anonimato del gran espectáculo en el escenario inmenso de la urbe. Suele ser gente enamorada de la sombra, con excepción de los políticos –¡pobrecillos!– cuya vida tiene que transcurrir en la brutal publicidad y primer plano de las candilejas. En todas partes he visto que el que quiere ser personaje empieza trazando sombras chinescas de sí mismo. La técnica de la cartelización ha abierto el camino de ese tipo humano a las candilejas. Pero hay muchas más técnicas y más sutiles: talleres de literatura, talleres de teatro, de mimo, de guitarra, cursos de idiomas, concejalías para foguearse, etc. Jubilados hay que, últimamente, sienten la comezón de la escena. Pero los más, quieren permanecer ocultos y perderse en la humareda acre del crematorio, con la seriedad de quien vio terminar la sesión y toma la palabra por primera vez:

–Me gustó más que nada ser una comparsa.

¡Qué cantidad de grandes artistas pierde el mundo!, como diría Nerón.

 

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