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La sombra marina de los sueños

Las rayas negras como azabaches llegaban lentas en la majestuosa nocturnidad del puerto de La Aldea de San Nicolás; algunas venían de lo más lejano del Atlántico en pareja, otras solas como la luna de San Juan, recorriendo y bordeando la orilla repleta de peces y vida oceánica. Parecían volar sobre el agua limpia, como bailando lentas una nueva oración del remanso, la melodía más triste de aquella inmensa soledad, la de finales de junio del 36, cuando ya estaba organizado el genocidio.

Las dos niñas, Dolores y María, descalzas contemplaban aquellos seres mágicos; casi podían tocarlos, acariciarlos bajo el manto salado y frío. Ambas desconocían lo que pasaría en menos de veinte días, que los fascistas se llevarían para siempre a sus padres Diego y Facundo, la madrugada más negra de sus vidas, cuando el camión de los falangistas llegó de Agaete tras los coches de la “brigada del amanecer”.

El año siguiente, también en junio, las dos, ya adolescentes, el mismo día a la misma hora sentadas, muy pegaditas para evitar el frío del viento sur del verano isleño, las vieron llegar. Venían a grupitos, muy negras, parecías naves nocturnas al amparo de la madrugada y en los momentos que jugueteaban se veía el blanco intenso de la parte inferior de sus cuerpos.

Loly cogió de la mano a María, se la apretó con cariño. Rememoraron en silencio a sus padres, recordaron los días de pesca en la remota playa de Guguy, cuando aparecían en la noche las tortugas gigantes a poner los huevos en los agujeros de la arena; ese instante de quedarse los cuatro paralizados, mirando con asombro, viendo aquellos monstruos salir de las profundidades marinas y volver después de treinta años al mismo lugar donde nacieron.

@entrelatormenta

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